Confinamiento -Mari Carmen Díez Navarro

La Confinamiento ha conseguido pararnos y ponernos a pensar, a sentir, a imaginar, a valorar, a agradecer, a sentirnos humanos.

El confinamiento nos ha puesto a pensar en nuestra manera de vivir: prisas, estrés, superficialidad, intolerancia a la frustración, sumisión a las pantallas, competitividad, ocupaciones inacabables, dependencias excesivas.

Nos ha puesto a pensar en nuestro cuerpo, en los cuidados que necesita, en sus limitaciones, en nuestra tendencia a mirar más por su estética que por su salud.

Nos ha puesto a pensar en las personas mayores. ¿Sabíamos los miles y miles de mayores que viven en las residencias de ancianos? ¿Sabemos de qué manera viven? ¿Sabemos por qué están allí?

Nos ha puesto a pensar en los niños, en el futuro incierto que les dejamos en herencia, en sus escuelas, sus maestros, sus juegos, sus estudios, sus paseos, sus amistades, sus miedos.

Nos ha puesto a pensar no sólo en las profesiones importantes como las del mundo sanitario y el escolar, sino también en los muchos otros trabajos desprestigiados en esta sociedad y que ahora se nos revelan como muy importantes: limpieza, transporte, agricultura, ayuda a los dependientes…

Nos ha hecho pensar en la fragilidad, en la impotencia ante la desgracia, la enfermedad y la muerte, pero también ante la globalización, las macropolíticas, los medios de comunicación, el poder, el dinero, las desigualdades.

Nos ha hecho pensar en nuestra relación con la naturaleza, con la vida, con el cambio climático, con el planeta.

El confinamiento nos ha puesto a sentir tristeza por las pérdidas sufridas y preocupación por las personas que queremos.

Nos ha puesto a sentir miedo a sufrir por la enfermedad, el dolor, la vejez, la muerte, el abandono, la ausencia. Y nos ha obligado a aceptar estas realidades, que a menudo silenciamos o negamos para evitar padecer.

Nos ha puesto a sentir extrañeza ante esta situación nueva que nos desborda, nos desespera, nos deja inermes.

Nos ha puesto a sentir añoranza por nuestros trabajos, nuestras calles, nuestras costumbres, nuestras comidas, nuestros entretenimientos, nuestras ternuras cotidianas. Nos ha puesto a sentir impaciencia y nerviosismo ante esta pasividad no pretendida, ante esta frustración que no queremos y con la que no contábamos, e incluso ante las dificultades para aceptar nuestra propia alteración.

Nos ha puesto a sentir inseguridad ante el futuro, ante el vacío, ante el desvalimiento, ante los problemas laborales y económicos.

El confinamiento nos ha puesto a imaginar y desear un modo de vivir más coherente con nuestras necesidades y nuestra naturaleza.

Nos ha puesto a imaginar y desear un uso del tiempo más coherente, equilibrado y diverso.

Nos ha puesto a imaginar y desear unas políticas que respondan a los intereses colectivos y que caminen hacia el bien común.

Nos ha puesto a imaginar y desear un sistema sanitario moderno, bien dotado, con capacidad para atender, investigar, curar y prevenir las enfermedades.

 Nos ha puesto a imaginar y desear un sistema educativo sensible, cercano, eficaz, rico, alegre, y que esté más a la escucha de los niños, de su evolución y de sus necesidades, que de las prisas, las notas o las evaluaciones compulsivas.

El confinamiento nos ha puesto a estar solos con nosotros mismos, con nuestros pensamientos, sentimientos, deseos, costumbres, añoranzas y manías.

Nos ha puesto a estar con la familia, compartiendo tiempos y espacios, noches y días, genios y aburrimientos.

Nos ha puesto a habitar nuestras casas con su orden o su desorden, sus cuidados o su descuido, sus tiempos o sus destiempos.

Nos ha puesto a estar conectados virtualmente con nuestros familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, alumnos, familias de nuestros alumnos…

Nos ha puesto a cuidar y mirar nuestros cuerpos más que nunca, a vigilarlos, a proporcionarles movimiento, alimentos, limpieza, atención…

Nos ha puesto a constatar que no sabemos convivir con la calma, con el tiempo, con los agobios

Nos ha puesto a descubrir creativamente qué es lo que realmente nos gusta o nos disgusta hacer..

Nos ha puesto a quejarnos, a verbalizar lo que sentimos, a reconocer lo que nos falta de control, de paciencia, de tolerancia y lo que nos sobra de narcisismo, de insensibilidad, de capacidad de aguante.

Nos ha puesto a encarar cómo hacer una síntesis entre nuestra capacidad crítica y la responsabilidad de hacer caso a la autoridad sin huir de una ley que lo que intenta es ordenar, sostener y dar cobertura al colectivo.

El confinamiento nos ha puesto a plantar cara a la adversidad, a sacar fuerzas, a desear cambios, a tirar hacia adelante.

El confinamiento nos ha reconciliado con lo importante Y nos ha puesto a valorar y agradecer la vida, la salud, la alegría, la comunicación, la amistad, la cordura, la creatividad, el amor…

Mari Carmen Díez Navarro, Profesora de Educación Infantil, psicopedagoga, coordinadora pedagógica de la Escuela Infantil Aire Libre, Alicante (España). Ha sido miembro del Consejo de Redacción de la revista In-fàn-ci-a durante veinte años (Associació de Mestres Rosa Sensat), y miembro de ASMI (Asociación de Salud Mental Infantil). Participa habitualmente en actividades de formación docente y colabora en diversas publicaciones pedagógicas. Es autora de libros de poesía y pedagogía, en los que narra y analiza sus vivencias en la escuela. Algunos de sus libros son: La oreja verde de la escuela, Un diario de clase no del todo pedagógico, La planta baja de la escuela, Mi escuela sabe a naranja, Los pendientes de la maestra, 10 Ideas clave. Educación infantil y arte en la escuela infantil. Contribuciones sobre creación y libertad. En sus obras aparecen como hilos conductores: escuchar a los niños, el vínculo maestro-alumno, la inclusión del mundo emocional en la escuela, la valoración del grupo, las relaciones, la experimentación, la creatividad.

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