Cuando la música nos toca -Karina Malvicini

Hace un tiempo decidí comenzar la clase del taller de música de niños de 4 y 5 años cantando la canción Flores Amarillas del grupo Naranja Dulce. ¿Cómo sonará esa lluvia de flores al caer? les pregunté. Comenzaron a probar algunos sonidos con la voz y varias partes del cuerpo y con instrumentos presentes en la sala. Cada uno atento a su búsqueda iba escuchando, y espontáneamente, cuando algo resultaba atractivo y sorprendente, lo compartía con el grupo. Probábamos y copiábamos ideas de unos y otros. Lentamente abrí un paraguas del que colgaban tiras de flores tejidas de papel y de tela. Volví a cantar la canción que ya conocían y muchos se sumaron a mi canto. El paraguas giraba, algunos levantaban sus manos para tomar las flores, otros cerraban los ojos y disfrutaban del roce que acariciaba sus rostros. En un momento, cuando estábamos terminando la actividad Ciro me dijo: ¡Esta canción me encanta! ¿Por qué? le pregunté. Porque me toca.

“Tocar con una canción” fue la hermosa señal que me llevó a reflexionar en cómo esos pequeños gestos mínimos (como los llama Carlos Skliar) que suceden permanentemente en las aulas nos hablan del mundo interior de los pequeños alumnos con quienes compartimos nuestros días. ¿Qué sentía Ciro cuando las flores lo acariciaban? ¿Qué imágenes, qué sonidos, qué aromas imaginaba? ¿Por qué volvía a pedir una y otra vez esa canción? ¿Qué ofrecerle para que estas sensaciones pudieran expresarse desde la música? Eran preguntas que me desafiaban a imaginar recorridos posibles y probables puertos donde arribar.

El encuentro con los sonidos, los ritmos y las melodías se da a lo largo de la vida de diferentes modos y constituye puntos de inicio para representar aquello que vemos, aquello que escuchamos, aquello que pensamos y aquello que sentimos. Al explorar y al componer colectivamente, chicos y grandes, desde la escucha interna y desde las relaciones intersubjetivas que allí se presentan, logramos que el mundo resuene y se renueve cuando la música lo nombra.

Un día lluvioso llegó Sofía contando que había saltado muchos charcos de agua. Si la lluvia es de flores amarillas, los charcos de agua van a ser amarillos nos dijo Abril riéndose por su ocurrencia. ¿Y si justo pisaste barro? comenté mientras las risas seguían. Benito se paró y comenzó a mostrarnos cómo saltaba charcos grandes y chiquitos. Algunos se sumaron. ¿Quién quiere inventar una música que acompañe los saltos de los charcos? pregunté.

Al poner de manifiesto y otorgar valor a los procesos creativos que suceden espontáneamente en la Primera Infancia, se van ensayando diferentes modos de vinculación con el entorno sonoro donde entran en juego las sensaciones, las emociones, la alteridad, la libertad, el sentido común y el pensamiento crítico. “Es en la búsqueda de lo propio, que es también lo desconocido de nosotros, donde encontramos las voces de los otros, la propia voz que deviene colectiva y la voz de muchos convertida en propia” (Andruetto, 2014).

El silencio del maestro como gesto pedagógico cede la palabra y el lugar  para que, desde las sensibilidades compartidas, surja lo que aún no ha sido dicho. Silencio que no implica ausencia sino presencia, compromiso, respeto y deseo de crear nuevas relaciones vislumbrando otros rumbos futuros. En medio de este andar errante, y no por ello negligente, las experiencias artísticas y el juego se constituyen en los modos esenciales para pensar y conocer el mundo. Esa energía maravillosa que los chicos y las chicas contagian en el tiempo del “como sí” despliega la potencia de la actividad creadora que apasiona y conmueve: disponibilidad curiosa que, convertida en motor epistemológico desde las propias decisiones, enriquece el encuentro desde una búsqueda sensible y nos vuelve hacedores de cultura. Ahí están todas nuestras voces: las forzadas, las sutiles, las fuertes, las tímidas, las que no se escuchan, las calladas…

Podríamos decir que ser curiosos es uno de los estados que impulsa el interés y conlleva a indagar nuevos significados a lo existente si brindamos como adultos el tiempo necesario para tocar, escuchar, disfrutar, sentir y contemplar y así alcanzar un resultado esperado por todos. A partir de allí, las nuevas interpretaciones o arreglos que surjan serán las excusas para apropiarse de esos sonidos, ritmos y melodías que nos harán volver a esa canción recuperando los estados afectivos que esta provocó. Lejos de planear una instancia mecánica y aplastante, los momentos para repetir, analizar y profundizar, entre tantas otras cosas, son necesarios para regresar una y otra vez y llenar de musicalidad cada detalle.

 A Ciro la canción de las Flores Amarillas “lo toca” inmerso en un contexto particular en el que la emoción de esa experiencia propicia en él el interés por hacer música. Como dice Graciela Montes “separar al arte del conocimiento vuelve trivial al arte y estéril al conocimiento. Aunque cada uno tenga su territorio y sus reglas, arte y conocimiento se ayudan, y se necesitan, en la tarea de construcción del espacio. Que no es, por cierto, una tarea más, una tarea que comience y concluya, sino que es la tarea humana por excelencia, una tarea de por vida.” (Montes, 2017)

Atravesados por la posibilidad de reencontrarnos en las aulas en tiempos de covid y desde un lugar desconocido para todos, muchas preguntas nos interpelan: ¿Cómo nutrir de experiencias estéticas cotidianas los espacios escolares? Con máscaras, barbijos y una distancia impuesta por la necesidad de cuidarnos, ¿podremos seguir sintiendo que “la música nos toca”?

La incertidumbre nos inquieta y no existen para ella recetas ni pócimas mágicas. Pero sabemos que el hacer comprometido asumido por educadoras y educadores en estas circunstancias es lo que preserva el derecho de los niños y las niñas a apropiarse de la cultura, formar parte de ella y generarla. Como diría Luis Alberto Spinetta, es tiempo de sostener “preciosos latidos compartidos donde podamos volar un poquito y sentir desde allí que estamos arrullando al mundo.” 

Referencias:

Andruetto, María Teresa (2014) La lectura, otra revolución. Fondo de Cultura Económica, Argentina.

Montes, Graciela (2017) Buscar Indicios construir sentido. Babel libros, Colombia.

Discografía:

“Despertando Molinos” (2016) Grupo Naranja Dulce. https://www.youtube.com/watch?v=OgsVCR6FnjM

“Canciones de cuna” (2011) Producido por Casa de la Cultura de la Calle

KARINA MALVICINI, Educadora musical egresada del Conservatorio Nacional de Música Carlos López Buchardo. Actualmente tiene a cargo talleres de iniciación musical y clases de piano. Se desempeña como asesora de instituciones educativas y espacios culturales de Argentina y Latinoamérica. Es formadora docente en ESSARP (Educadores Asociados del Río de la Plata), profesora del equipo del CEFCON (Centro de Formación Constructivista.), del equipo OMEP CERCA TUYO y de las cátedras de Didáctica de la Música I, II y Nivel Superior del Conservatorio Superior de Música Astor Piazzolla. Es co-autora de los libros Didáctica de la Música en el Nivel Inicial (Editorial Bonum, 2012, Bs. As,); Raíz de niño, músicas del sur para crecer (2015, Bs As). Autora de “Música: hacer, apreciar, disfrutar, pensar…” en Experiencias musicales en el nivel inicial de Judith Akoschky. (Ed. Homo Sapiens, Rosario, 2017) y coautora de “Los Musiqueros. Música y Palabras” (Música Nuestra Ediciones, 2018. Premio “Destacados de Alija 2018”).Sitio web: https://karinamalvicini.com/

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