Los niños y la ciudad: el vínculo urgente para una nueva ciudadanía – João Armando Gonçalves

Los niños y la ciudad

La relación entre los niños y la ciudad, en su lado más físico, causa una serie de consideraciones importantes relacionadas con la temática de la ciudadanía y la participación.

La consideración más elemental se refiere al hecho, algunas veces olvidado, de que los niños utilizan la ciudad (los espacios que se les asignan, pero también otros), y por eso son influenciados por ella: en su comportamiento, en sus actividades, en las relaciones que establecen y en su desarrollo personal. La ciudad es, pues, un ambiente de aprendizaje y socialización, es decir, un espacio donde se construye el capital humano y el capital social. Este reconocimiento ha motivado una mirada atenta sobre las características que debe reunir una ciudad para ser considerada “amigable” para los niños, es decir, un lugar que reúna las condiciones para acoger y estimular a los niños y su desarrollo. Estas condiciones pasan por aspectos como la seguridad, la aventura, la autonomía, la accesibilidad, la diversidad (de personas y lugares), los espacios verdes, la socialización, la convivencia, los servicios esenciales, las relaciones familiares, la identidad comunitaria, la existencia de estructuras de apoyo institucionales y la posibilidad de participar (Driskell, 2002; UNICEF, 2004a).

Por otro lado, una observación de lo que sucede en las ciudades, principalmente en el mundo occidental, lleva a una segunda consideración significativa para la necesidad de que los niños se involucren en la construcción de la misma: el hecho de que los niños y los jóvenes se están volviendo cada vez más “invisibles” en la ciudad. Dicho fenómeno ocurre por un creciente confinamiento de los niños en “espacios propios” (la casa, la escuela, la plaza) siendo que el propio traslado entre estos espacios se hace de forma controlada y protegida (el auto privado, el colectivo).  Esto provoca una disminución importante de las oportunidades de vivenciar la ciudad en sus diferentes espacios, de forma espontánea, así como de interactuar de forma directa y real con las personas que no están entre sus relaciones habituales, principalmente de otras generaciones (Tonucci y Rissotto, 2001; Torres, 2010), pero también de la suya. La consecuencia de dicha “invisibilidad” es el debilitamiento del vínculo de los jóvenes con sus comunidades locales y, por consiguiente, el debilitamiento del sentido de ciudadanía, ya que esta se basa en la existencia de vínculos entre el ser humano y la comunidad en la que vive. En este marco, acercar a los niños y los jóvenes hacia el espacio público y dejarlos participar en los asuntos de la comunidad (incluyendo en su planificación) puede desempeñar un rol fundamental en la restauración de dicho vínculo debilitado.

El territorio desempeña así un rol irremplazable como “puerta de entrada” a una mayor participación de los niños en la comunidad. Ese rol resulta de su carácter tangible, concreto, multisensorial y cercano, que se experimenta en las vivencias de lo cotidiano, y por ello es más fácil que los jóvenes aprehendan los asuntos que les están asociados (Hart, 1997; Driskell, 2002).

La participación de los niños

Los resultados de diversos proyectos y experiencias prácticas han confirmado los principales beneficios de la participación de los niños en los procesos de organización y mejora del ambiente urbano. Dichos beneficios son de dos tipos principales: beneficios para el proceso y beneficios psicosociales (Checkoway et al, 1995).

  • Los beneficios para los procesos de planificar incluyen: la integración de perspectivas nuevas y más creativas, el know-how específico en algunos dominios, abordajes independientes de las fuerzas dominantes (principalmente del tipo económico), la posibilidad de responder mejor a las necesidades de un grupo social numeroso, la garantía de abordajes y propuestas más prácticos, el potencial de “contagio participativo” de otros actores adultos, mayor apertura a la utilización de medios de base tecnológica y efectos positivos en la calidad de la participación en el mediano-largo plazo (por medio de la experiencia adquirida).
  • Los beneficios psicosociales, estos se reflejan en los niños, en la comunidad y en la organización/institución que promueve la participación. Tales beneficios incluyen el refuerzo de la autoestima y la identidad, el desarrollo de la responsabilidad cívica y la competencia social, el aumento de la confianza en las capacidades propias, la apertura de espíritu, el aumento del conocimiento local y el desarrollo de competencias prácticas vinculadas a la planificación (diseño o comunicación, por ejemplo) u organizacionales (Hart, 1997; Driskell, 2002). Los beneficios para la comunidad no se limitan a los aspectos que tienen impacto en la construcción del capital socialy en el refuerzo del sentido de comunidad y territorio común, sino que se extienden a la mayor comprensión del mundo de los niños por parte de los adultos, o a la adquisición de competencias sociales por parte de todos los involucrados (Driskell, 2002). Las propias autoridades locales, por medio de sus agentes técnicos y políticos, se benefician de varias maneras: adquieren una mejor comprensión de las necesidades y asuntos de las comunidades a las que sirven, promueven mejores y más sustentadas decisiones en el ámbito de la planificación, tienen la posibilidad de “hacer pedagogía” entre los ciudadanos sobre las complejidades de los procesos de decisión inherentes al desarrollo territorial, disponen de una oportunidad de implementación de las directrices y espíritu de la Convención de los Derechos de los Niños (UNICEF, 2004), pueden involucrar a los niños en el esfuerzo de la implementación de modelos de desarrollo sostenible y posibilitan la creación de ambientes más humanos y amigables para los niños (Driskell, 2002). A ellos se agregan los potenciales impactos positivos en el ámbito de la práctica política en el mediano-largo plazo.

De la intención a la acción

Las acciones concretas que se deben realizar dependen en gran medida de la voluntad política y de la colaboración técnica, y pueden incluir la adhesión a iniciativas que obliguen a pensar la ciudad con los niños en mente (como sucede con el proyecto Childfriendly cities),como la asignación de recursos financieros y humanos, la apertura de estructuras de consulta (con lugares para niños), la realización de talleres con el público escolar, el refuerzo del uso de las plataformas participativas y de las redes sociales, las formación de alianzas con asociaciones juveniles, entre otras.

En el dominio sociocultural los cambios son más difíciles de llevar a cabo. La contribución para lograr un cambio gradual de mentalidad se puede dar a través de dos medios concretos: la organización sucesiva de episodios de participación(que consolida una cultura de participación), y la capacitación intencional de los actores, adultos y niños (que construye el capitalhumano y el capitalsocial). Esta capacitación, además de abarcar el aspecto relacional y la educación para la participación, que es común entre adultos y jóvenes, debe tener también un componente “técnico”, que es diferente para cada uno de estos dos tipos de actores: los adultos carecen de preparación sobre cómo lidiar con niños y jóvenes, y sobre los procesos, estructuras y herramientas que les servirán mejor al propósito de incluirlos, y los niños se benefician si tienen más conocimiento de los temas y de las “problemáticas” relacionadas con el territorio (lo que puede ser promovido en un contexto escolar, por ejemplo).

El momento es ahora

Que los niños puedan volver a estar en las calles de nuestras ciudades es un imperativo educativo y social. Sin el (r)establecimiento de un vínculo entre los niños y la ciudad no podremos pensar en una ciudadanía fuerte y consciente por parte de los ciudadanos, ahora y en el futuro. Ese vínculo se construye en cada aventura, en cada experiencia, en cada ocasión de fascinación. Esto es lo que nosotros, adultos, debemos proveer.

Referencias

Checkoway, B. et al (1995). Youth participation in community planning: What are the benefits?. Journal of Planning Education and Research14(2), 134-139.

Driskell, D. (2002). Creating better cities with children and youth: A manual for participation. Londres: UNESCO/Earthscan

Hart, R. A. (1997). Children’s participation: the theory and practice of involving young citizens in community development and environmental care. Londres: Earthscan.

Tonucci, F., Rissotto, A. (2001). Why do we need children’s participation? The importance of children’s participation in changing the city. Journal of community & applied social psychology11(6), 407-419.

Torres, J. (2010). Children & Cities: Planning to Grow Together. Vanier Institute of the Family. Ontario. Disponible en: http://www.childcharter.alberta.ca/files/documents/children_and_cities.pdf

UNICEF (2004). A Convenção sobre os Direitos da Criança. UNICEF Portugal.

UNICEF (2004a) Building child-friendly cities – a framework for action. Florencia, UNICEF Innocenti Research Centre

João Armando Gonçalves es profesor del Instituto Superior de Ingeniería de Coimbra, siendo director de la carrera de Gestión Sostenible de las Ciudades. Es doctor en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente (2015) con una tesis sobre la implicación de los jóvenes en la planificación y gestión del territorio. Fue asesor de urbanismo en el municipio de Figueira da Foz y concejal no ejecutivo del mismo municipio entre 2009 y 2017.

Tiene una larga historia de participación en la educación no formal como voluntario, habiendo presidido la Organización Mundial del Movimiento Scout, el movimiento educativo juvenil más grande del mundo que sirve a 50 millones de miembros.

1 Comment:

  • Parabéns por tornar visível esse direito das crianças e adolescentes. Aqui estamos engatinhando nesse tema e precisamos unir forças experiências para seguirmos abrindo caminhos. Gostaria de receber mais informações sobre projetos que dêem vez e voz às crianças.
    Rosane Romanini
    Novo Hamburgo-RS
    Brasil

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